L'estat de les coses. Digitalització i violència.
El estado de las cosas. Digitalización y violencia.
¿Existen futuros digitales alternativos? ¿Cómo contrarrestar la imposición violenta del sistema digital sobre la vida de las personas? ¿La digitalización conduce al fascismo?
Estas preguntas me surgen al observar cómo los medios de comunicación de masas y, sobre todo, las redes sociales de nuestra sociedad contemporánea están modelando la sociedad a partir de estructuras controladas por el poder económico, político y militar, y por las grandes corporaciones digitales dirigidas por tecnofascistas. Esto siempre ha sucedido, pero no como ahora. Creo que vivimos una nueva etapa en la comunicación humana, y afecta especialmente a quienes nunca han conocido otra realidad comunicativa e informativa.
Las estructuras de información y control de datos, que nosotros mismos generamos, fomentan un comportamiento viral destinado a infectar las mentes con determinadas ideas, reduciendo la realidad de un mundo complejo y creando un clima propicio para la mentira. Favorecen una mirada acrítica del espectador dentro de un universo digital simplificado, construido a partir de narrativas simplistas, emocionales y fácilmente digeribles, que conectan directamente con nuestra identidad y nuestros prejuicios.
A través de un desorden informativo repleto de mentiras deliberadas, información errónea o simplemente información de mala calidad, se construyen realidades hechas a medida que provocan que los consumidores de información —es decir, todos nosotros— vivamos en universos paralelos definidos por nuestra propia cosmovisión. De este modo, explotando cada una de nuestras vulnerabilidades psicológicas, nuestros prejuicios y nuestros miedos, cada persona consume una realidad distinta e íntima, y resulta cada vez más difícil encontrar un terreno común entre unos y otros. Vivimos inmersos en mundos paralelos alimentados por la propaganda quirúrgica que nos ofrecen las redes sociales y los medios de comunicación de masas.
Entonces, yo me pregunto: ¿qué lugar ocupa en todo esto el testimonio fotográfico y su función social? ¿Debe el fotoperiodismo y el documentalismo adoptar un posicionamiento político?
Yo creo que sí. La lucha contra la violencia estructural y la represión debe entenderse políticamente, ya que la violencia estructural potencia formas generalizadas de desigualdad social, sustentadas en última instancia por la amenaza de la violencia física. Todas las instituciones implicadas en el reparto de los recursos —un reparto de la riqueza que no funciona porque las élites de derechas hacen todo lo posible para que siga siendo así—, dentro de un sistema de derechos de propiedad regulado y garantizado por los gobiernos, basan su cumplimiento en la amenaza del uso de la fuerza. Es decir, son estructuras que solo pueden crearse y mantenerse mediante la amenaza de la violencia.
En una reunión con el Departamento de Interior, como secretario de organización de UPIFC en el año 2025, junto a toda la cúpula policial, a raíz de la agresión a un fotoperiodista en el espacio público mientras ejercía su derecho a informar, planteé una pregunta: si, al ostentar el monopolio de la violencia, quizá impedían a los fotógrafos documentar desahucios y determinadas manifestaciones simplemente porque no les gusta que estén allí. La respuesta del director general de la Policía, Josep Lluís Trapero, fue que «no podía aceptar de ninguna de las maneras esa afirmación». Instantes después, el intendente Miquel Hueso estableció una clara distinción entre «fotógrafos periodistas» y «fotógrafos activistas».
Es decir, según ese planteamiento, la policía, como brazo armado del poder político encargado de mantener el estado de las cosas, no hace política; en cambio, un fotógrafo que acude a un desahucio o a una manifestación contra el turismo sí la hace. El fotógrafo bueno es el que no cuestiona; el fotógrafo malo, el que está donde, supuestamente, no debería estar.
¿Y en todo esto dónde queda el arte? Pues despolitizado, porque el buen arte es el de la perfección técnica, el que transmite el genio del artista, el que ha sabido expresar la belleza, el que se ha convertido en patrimonio colectivo… Los consensos sobre el arte están tan profundamente arraigados que a veces resulta difícil detectarlos. Y más difícil todavía desobedecerlos o ser insumiso frente a ellos. Pero todo eso son construcciones ideológicas que nunca tienen en cuenta que el arte es política. Si haces un concierto y prohíbes la entrada a la prensa, y utilizas todo el sistema de consumo para ganar dinero, controlar el discurso y manipular la opinión pública, eres un artista de derechas.
¿A dónde quiero llegar con todo esto? A la función social del fotoperiodismo y del documentalismo fotográfico. Su importancia conceptual, independiente y divergente debe defenderse por todos los medios, porque una de las claves de la violencia estructural es la criminalización de colectivos, de actitudes disidentes y de barrios enteros, como el Raval de Barcelona, así como de los movimientos contra la turistificación. Lo hemos visto estos días en Mallorca, con la detención de dos activistas acusadas de organización terrorista por realizar pintadas; con las palizas a manifestantes pacíficos; y con la agresión directa en la cabeza a un compañero fotoperiodista, Xavi Hurtado.
Existe una voluntad de atemorizar a los movimientos activistas y sociales, así como a quienes les dan cobertura informativa, porque la violencia es también un acto de comunicación. El sistema busca controlar las mentes, pero en la calle ese control se le escapa y solo le queda la violencia como herramienta, situándola por encima de todos los derechos: el derecho a manifestarse, el derecho a la información, el derecho a una vivienda digna y el derecho a que no destruyan el mundo en beneficio exclusivo de sus propios intereses.



